Rompo la pequeña magia del blog en vivo para agradecer a todos aquellos que me animais y seguis el rollo con vuestros comentarios y decir que no he muerto, peor...estoy de examenes. De modo que cuando logre acabar con todos volvere con energias nuevas y giros inesperados en la aventura
Un beso
Mar
DIA 34
sigue aqui Scream Queen
Durante 2 días no salí de detrás del mostrador.
Pasar horas encerrada en la penumbra, casi sin atreverme a respirar me agotó psicológicamente de un modo que jamás hubiese podido imaginar.
Finalmente subí a la parte de arriba del edificio en el que estaba el ciber café en busca de comida; era un pequeño departamento con cocina, baño y cama.
Y entonces hice algo que hasta aquel momento me había parecido una locura pero...no sé.
Supongo que me sentía demasiado mal como para pensar.
Tomé una ducha.
El agua caliente, casi hirviendo, el vaho y por primera vez, despreocuparme totalmente de si estaba envenenada, tenia hongos o caía ácido.
Me daba igual.
Después busqué ropa limpia en los armarios y me sentí un poco mejor al abrazarme a Fernando en el sofá y dormir.
Dios no sé cuanto dormí. Y no me habría despertado de no ser por el hambre y la sed.
Medité un buen rato hasta que decidí que solo había dos opciones; buscar comida, o morir de inanición.
Llevaba tres días y medio sin comer, más de lo que he estado en mi vida, sin embargo no tenía hambre.
Ni un poco.
Pero tenía que comer.
La idea de que me ataquen de improviso en estos momentos ya se ha diluido bastante pero solo hace 4 días era terror real.
La imagen de Pink cayendo sigue nítida en mi cerebro como si siguiera viéndole ante mi; flaco, torpe y encorvado.
Lo único que cogí fue la mochila del portátil...y mi gato de la suerte.
Pasear por una ciudad vacía comenzaba a parecerme lo normal.
Hacía un día y medio que la ceniza había dejado de caer, y no ha vuelto a hacerlo hasta día de hoy, el cielo estaba brillante aquel día. Azul, despejado y precioso.
Bajé por la calle Balmes, con los oídos atentos a cualquier cosa, refugiándome bajo los toldos. Trasteé supermercados y comí sentada en cualquier pasillo. ¿Qué mas daba ya?
El plan era salir de Barcelona como fuese.
Caminé dejando que la brisa del medio dia meciera mis cabellos y en un par de momentos hasta llegué a casi confiarme. Casi pensar que aquello era normal, que estaba bien...
Y de pronto no pude sino pararme en seco. Como un golpe, una voz, una voz lejana...una guitarra, que me hizo echar a correr hacia ella muerta de miedo, pero no, no eran helicópteros.
Era una grabación.
Me planté bajo el balcón del que salía aquella música respirando a toda velocidad de cansancio y terror, pero tenía que mirar, tenía que ver.
La puerta de la entrada estaba rota, y la voz de Chavela Vargas con su “Llorona” parecía llamarme desde el piso de arriba.
Subí en un silencio sepulcral, como si la vieja Vargas estuviese allí y temiera interrumpirla. Como si el espiritu de la llorona fuese a marcharse para siempre si me veía.
La habitación estaba vacía. Solo el tocadiscos y una manta. Un armario ahora apartado también había estado cubriendo la ventana.
Tomé la manta con cuidad y debajo, un rifle.
Dejé el ordenador en el suelo y lo levanté como pude, oyendo como la canción volvía a comenzar.
Hasta que una voz a mis espaldas me hizo chillar.
Era un militar, grande, muy grande. Un militar como los que mataron a Pink.
Le amenacé con el rifle, le dije que se estuviera quieto pero se limitó a hablarme en un tono paternal que solo logró cabrearme más y más, diciéndome que lo dejara porque iba a hacerme daño.
Solo podía pensar en que yo si que iba a hacerle daño a él cuando apreté el gatillo, después sentí un golpe muy fuerte en el hombro, como un golpe con una vara de metal y mucho dolor.
Y caí al suelo chillando.
Tardé casi 10 segundos en saber que había pasado; no había tenido en cuenta el retroceso. Así de simple.
La bala se había incrustado en el techo, sobre la puerta y yo me había hecho realmente daño.
Después, sobre el dolor, sobre Chavela Vargas, llegué a pensar que me mataría. Pero no lo hizo.
Solo me susurró que aquello era normal, que me había dislocado el hombro.
Me cogió el brazo casi a la fuerza, impidiendo que me pusiera derecha con uno de sus propios pies y tiró fuerte de improviso. Nada jamás me ha dolido tanto.
Y lo movió para comprobar que estaba bien...y lo inmovilizó.
Yo no podía parar de llorar de dolor y miedo.
Y él me susurraba en español, un español con acento francés, preguntándome quien era y que hacía allí, y yo no sabía contestarle. No podía pensar.
Llevo con él 4 días. Le he preguntado varias veces que es lo que ocurre pero no quiere responderme. Solo me ha dicho que se llama Gerard y que nació en Toulouse. Habla mucho de Toulouse. Bueno...habla mucho.
Me llama “princesa” y me trae comida; dice que tiene una hija de mi edad.
De lo ocurrido con Pink solo me dice que no me acerque al ejercito, ni al de salvación.
Creo que es un desertor. Ni siquiera sé si realmente se llama Gerard, ni que hace aquí un militar con acento francés.
Todo es muy confuso.
Pasar horas encerrada en la penumbra, casi sin atreverme a respirar me agotó psicológicamente de un modo que jamás hubiese podido imaginar.
Finalmente subí a la parte de arriba del edificio en el que estaba el ciber café en busca de comida; era un pequeño departamento con cocina, baño y cama.
Y entonces hice algo que hasta aquel momento me había parecido una locura pero...no sé.
Supongo que me sentía demasiado mal como para pensar.
Tomé una ducha.
El agua caliente, casi hirviendo, el vaho y por primera vez, despreocuparme totalmente de si estaba envenenada, tenia hongos o caía ácido.
Me daba igual.
Después busqué ropa limpia en los armarios y me sentí un poco mejor al abrazarme a Fernando en el sofá y dormir.
Dios no sé cuanto dormí. Y no me habría despertado de no ser por el hambre y la sed.
Medité un buen rato hasta que decidí que solo había dos opciones; buscar comida, o morir de inanición.
Llevaba tres días y medio sin comer, más de lo que he estado en mi vida, sin embargo no tenía hambre.
Ni un poco.
Pero tenía que comer.
La idea de que me ataquen de improviso en estos momentos ya se ha diluido bastante pero solo hace 4 días era terror real.
La imagen de Pink cayendo sigue nítida en mi cerebro como si siguiera viéndole ante mi; flaco, torpe y encorvado.
Lo único que cogí fue la mochila del portátil...y mi gato de la suerte.
Pasear por una ciudad vacía comenzaba a parecerme lo normal.
Hacía un día y medio que la ceniza había dejado de caer, y no ha vuelto a hacerlo hasta día de hoy, el cielo estaba brillante aquel día. Azul, despejado y precioso.
Bajé por la calle Balmes, con los oídos atentos a cualquier cosa, refugiándome bajo los toldos. Trasteé supermercados y comí sentada en cualquier pasillo. ¿Qué mas daba ya?
El plan era salir de Barcelona como fuese.
Caminé dejando que la brisa del medio dia meciera mis cabellos y en un par de momentos hasta llegué a casi confiarme. Casi pensar que aquello era normal, que estaba bien...
Y de pronto no pude sino pararme en seco. Como un golpe, una voz, una voz lejana...una guitarra, que me hizo echar a correr hacia ella muerta de miedo, pero no, no eran helicópteros.
Era una grabación.
Me planté bajo el balcón del que salía aquella música respirando a toda velocidad de cansancio y terror, pero tenía que mirar, tenía que ver.
La puerta de la entrada estaba rota, y la voz de Chavela Vargas con su “Llorona” parecía llamarme desde el piso de arriba.
Subí en un silencio sepulcral, como si la vieja Vargas estuviese allí y temiera interrumpirla. Como si el espiritu de la llorona fuese a marcharse para siempre si me veía.
La habitación estaba vacía. Solo el tocadiscos y una manta. Un armario ahora apartado también había estado cubriendo la ventana.
Tomé la manta con cuidad y debajo, un rifle.
Dejé el ordenador en el suelo y lo levanté como pude, oyendo como la canción volvía a comenzar.
Hasta que una voz a mis espaldas me hizo chillar.
Era un militar, grande, muy grande. Un militar como los que mataron a Pink.
Le amenacé con el rifle, le dije que se estuviera quieto pero se limitó a hablarme en un tono paternal que solo logró cabrearme más y más, diciéndome que lo dejara porque iba a hacerme daño.
Solo podía pensar en que yo si que iba a hacerle daño a él cuando apreté el gatillo, después sentí un golpe muy fuerte en el hombro, como un golpe con una vara de metal y mucho dolor.
Y caí al suelo chillando.
Tardé casi 10 segundos en saber que había pasado; no había tenido en cuenta el retroceso. Así de simple.
La bala se había incrustado en el techo, sobre la puerta y yo me había hecho realmente daño.
Después, sobre el dolor, sobre Chavela Vargas, llegué a pensar que me mataría. Pero no lo hizo.
Solo me susurró que aquello era normal, que me había dislocado el hombro.
Me cogió el brazo casi a la fuerza, impidiendo que me pusiera derecha con uno de sus propios pies y tiró fuerte de improviso. Nada jamás me ha dolido tanto.
Y lo movió para comprobar que estaba bien...y lo inmovilizó.
Yo no podía parar de llorar de dolor y miedo.
Y él me susurraba en español, un español con acento francés, preguntándome quien era y que hacía allí, y yo no sabía contestarle. No podía pensar.
Llevo con él 4 días. Le he preguntado varias veces que es lo que ocurre pero no quiere responderme. Solo me ha dicho que se llama Gerard y que nació en Toulouse. Habla mucho de Toulouse. Bueno...habla mucho.
Me llama “princesa” y me trae comida; dice que tiene una hija de mi edad.
De lo ocurrido con Pink solo me dice que no me acerque al ejercito, ni al de salvación.
Creo que es un desertor. Ni siquiera sé si realmente se llama Gerard, ni que hace aquí un militar con acento francés.
Todo es muy confuso.
dia 27
sigue aqui Scream Queen
Estoy harta de oír mi respiración. Llevo 4 días oyendo solo eso.
No paro de temblar, apenas puedo teclear en mi PC.
Sigo en el ciber, en una trastienda.
Todo se ha jodido. Todo.
Desde hace 4 días esto es el infierno.
Las provisiones casi se habían acabado cuando Pink y yo salimos de exploración. Atardecía en el centro de Barcelona.
Las pintadas ahora brotan de la pared como setas. Pero no habíamos visto a nadie hacerlas, nunca, pese a que a veces las tocaba y mis dedos quedaban negros de pintura fresca.
Recorríamos las calles recogiendo todo lo que podíamos recoger.
En otros viajes Pink me había conseguido un buen abrigo que me salvó de las últimas lluvias y un gato de la suerte chino, de esos que mueven la patita al que llamé Fernando y que ahora mismo me mira desde arriba de una estantería sin dejar de mover la pata.
De repente algo nos sobresaltó. Un estruendo. Un helicóptero.
Por como sonaba ambos comprendimos que apenas estaba a un par de calles de allí y emprendimos la carrera para ver, con nuestros ojos, si era verdad que aún quedaba alguien, o si eran los autores de las pintadas.
Pink más rápido se me adelantó hasta quedarse contemplando la escena desde detrás de unos arbustos de la placita.
Yo le miraba a él y al enorme helicóptero militar situado en el centro de la plaza desde una esquina, agazapada tras unos contenedores.
Sin poder moverme.
Tres militares bajaron del cacharro y tantearon ligeramente el terreno.
Vi como Pink me miró un segundo y le hice el gesto de que no, que se estuviese quieto.
No era un helicóptero de salvamento sino de transporte, alargado, verde y con dos enormes hélices, una sobre cada extremo.
No mandan helicópteros de transporte para salvar gente. Si hubiera estado un poco mas cerca, me habría gustado poder hacérselo ver a mi amigo.
Antes de que pudiera hacer nada, corrió hacia el grupo, careta en mano.
Después oí como explosiones, como dos petardos y el flaco cuerpo de Pink se desplomó.
Le vi. Le vi moverse en el suelo mientras su camiseta amarilla se teñía de oscuro.
Siempre pensamos que la sangre es roja, pero yo solo veía negro.
Y se levantó. Con la camiseta empapada en sangre por delante y detrás. Encorvado, se levantó y miró un segundo hacia donde yo me encontraba, y lo reconozco; fui presa del pánico.
El pánico, el maldito pánico me recorrió como electricidad, solo con pensar que vendría hacia mí en su delirio y me delataría ante los asesinos que le apuntaban riendo a través de sus máscaras.
Pero Pink no deliraba. Comenzó a caminar, pero no hacía donde yo estaba, sino rumbo a otro sitio.
Y apenas dio 6 pasos, antes de que un nuevo disparo impactara contra su cabeza derribándole, dejándole tendido ahí, de lado, solo, pequeño...cada vez mas pequeño, como si se pudriera ante mi. Tuve que morderme los labios para no chillar.
Me alejé y corrí como nunca de regreso al ciber.
Y después me tumbé en el suelo, sintiendo como si aquellos hombres me hubieran seguido.
No paro...
No, no paro de temblar y ahora;
Vuelvo a estar sola...
No paro de temblar, apenas puedo teclear en mi PC.
Sigo en el ciber, en una trastienda.
Todo se ha jodido. Todo.
Desde hace 4 días esto es el infierno.
Las provisiones casi se habían acabado cuando Pink y yo salimos de exploración. Atardecía en el centro de Barcelona.
Las pintadas ahora brotan de la pared como setas. Pero no habíamos visto a nadie hacerlas, nunca, pese a que a veces las tocaba y mis dedos quedaban negros de pintura fresca.
Recorríamos las calles recogiendo todo lo que podíamos recoger.
En otros viajes Pink me había conseguido un buen abrigo que me salvó de las últimas lluvias y un gato de la suerte chino, de esos que mueven la patita al que llamé Fernando y que ahora mismo me mira desde arriba de una estantería sin dejar de mover la pata.
De repente algo nos sobresaltó. Un estruendo. Un helicóptero.
Por como sonaba ambos comprendimos que apenas estaba a un par de calles de allí y emprendimos la carrera para ver, con nuestros ojos, si era verdad que aún quedaba alguien, o si eran los autores de las pintadas.
Pink más rápido se me adelantó hasta quedarse contemplando la escena desde detrás de unos arbustos de la placita.
Yo le miraba a él y al enorme helicóptero militar situado en el centro de la plaza desde una esquina, agazapada tras unos contenedores.
Sin poder moverme.
Tres militares bajaron del cacharro y tantearon ligeramente el terreno.
Vi como Pink me miró un segundo y le hice el gesto de que no, que se estuviese quieto.
No era un helicóptero de salvamento sino de transporte, alargado, verde y con dos enormes hélices, una sobre cada extremo.
No mandan helicópteros de transporte para salvar gente. Si hubiera estado un poco mas cerca, me habría gustado poder hacérselo ver a mi amigo.
Antes de que pudiera hacer nada, corrió hacia el grupo, careta en mano.
Después oí como explosiones, como dos petardos y el flaco cuerpo de Pink se desplomó.
Le vi. Le vi moverse en el suelo mientras su camiseta amarilla se teñía de oscuro.
Siempre pensamos que la sangre es roja, pero yo solo veía negro.
Y se levantó. Con la camiseta empapada en sangre por delante y detrás. Encorvado, se levantó y miró un segundo hacia donde yo me encontraba, y lo reconozco; fui presa del pánico.
El pánico, el maldito pánico me recorrió como electricidad, solo con pensar que vendría hacia mí en su delirio y me delataría ante los asesinos que le apuntaban riendo a través de sus máscaras.
Pero Pink no deliraba. Comenzó a caminar, pero no hacía donde yo estaba, sino rumbo a otro sitio.
Y apenas dio 6 pasos, antes de que un nuevo disparo impactara contra su cabeza derribándole, dejándole tendido ahí, de lado, solo, pequeño...cada vez mas pequeño, como si se pudriera ante mi. Tuve que morderme los labios para no chillar.
Me alejé y corrí como nunca de regreso al ciber.
Y después me tumbé en el suelo, sintiendo como si aquellos hombres me hubieran seguido.
No paro...
No, no paro de temblar y ahora;
Vuelvo a estar sola...
dia 22
sigue aqui Scream Queen
Puedo afirmar que desde hace 20 días pocas cosas me sorprenden.
De echo pensaba que nada volvería a hacerlo jamás.
Sin embargo, si algo me ha enseñado la vida a estas alturas es, nunca digas nunca.
Esta mañana Pink me despertó exaltado. Me sacudió y me llevó casi a rastras hasta la puerta de entrada.
He tardado casi 15 minutos en recuperarme del shock. Ni un disparo me hubiese impactado tanto.
En la puerta de cristal, a trabes de la persiana metálica alguien ha estado dibujando.
Un enorme símbolo chorreante hecho con spray negro la cruza ahora de arriba abajo.
El mismo símbolo de la televisión.
Pink lo señalaba exaltado, y después al cielo, y después gesticulaba y después...
Los aviones.
Por lo que puedo entender, los aviones, o algo relacionado con los aviones llevaba el símbolo, pero no sé que decir.
No intentaron forzar la cadena para entrar.
No hicieron ruido.
En apenas 10 minutos habíamos recogido las cosas y corríamos tan lejos como nos permitían nuestras piernas y el carrito de la compra de aquel lugar.
Hemos serpenteado por las callejuelas del centro. No me atrevo a salir a una plaza abierta.
La misma pintada está en muchos sitios; tiendas, casas, parques.
Por idea de Pink ahora estamos en un ciber. Yo estoy mejor. Él no.
Ni siquiera se mueve, solo mira afuera como esperando algo con terror.
De echo pensaba que nada volvería a hacerlo jamás.
Sin embargo, si algo me ha enseñado la vida a estas alturas es, nunca digas nunca.
Esta mañana Pink me despertó exaltado. Me sacudió y me llevó casi a rastras hasta la puerta de entrada.
He tardado casi 15 minutos en recuperarme del shock. Ni un disparo me hubiese impactado tanto.
En la puerta de cristal, a trabes de la persiana metálica alguien ha estado dibujando.
Un enorme símbolo chorreante hecho con spray negro la cruza ahora de arriba abajo.
El mismo símbolo de la televisión.
Pink lo señalaba exaltado, y después al cielo, y después gesticulaba y después...
Los aviones.
Por lo que puedo entender, los aviones, o algo relacionado con los aviones llevaba el símbolo, pero no sé que decir.
No intentaron forzar la cadena para entrar.
No hicieron ruido.
En apenas 10 minutos habíamos recogido las cosas y corríamos tan lejos como nos permitían nuestras piernas y el carrito de la compra de aquel lugar.
Hemos serpenteado por las callejuelas del centro. No me atrevo a salir a una plaza abierta.
La misma pintada está en muchos sitios; tiendas, casas, parques.
Por idea de Pink ahora estamos en un ciber. Yo estoy mejor. Él no.
Ni siquiera se mueve, solo mira afuera como esperando algo con terror.
dia 19
sigue aqui Scream Queen
Llevo dos dias dando vueltas por Barcelona.
Al principio Pink parecía reacio a salir, pero luego comprendió que yo iba en serio y me siguió cargado con algunas cosas.
Nos hemos atrincherado en el piso de arriba de un Starbucks después de encadenar la persiana por si acaso.
La tos que hace unos días me amargaba la vida ya ha desaparecido, auque solo en mi caso, mi amigo sigue con problemas pese a la mascara.
Creo que respiró demasiado, o tal vez es porque es mas niño, o de otra raza.
No lo sé, no soy medico.
Tendríamos que ir a una farmacia pero, joder, las que están abiertas ya han sido desvalijadas y las cerradas son como fortalezas.
Tenemos latas de sopa china al curry como para enterrarnos en ellas, cogidas de un LidL con el que nos cruzamos. Estoy harta de curry. Juro que cuando todo esto pase no volveré a probarlo.
Tenemos una pelotita verde.
Como no podemos hablar, a ratos nos dedicamos a tirárnosla. Al principio íbamos con cuidado, pero ya pasamos de todo y tenemos el Starbucks destrozado.
Hemos roto casi todas las tazas y dos espejos. Menos mal que nadie va a pagarlo.
Al menos el fin del mundo ha servido para que pueda liberar mi furia post adolescente contra uno de los grandes exponentes del capitalismo moderno.
Y si Mcdonalls hubiese tenido wifi también habría caído.
La radio sigue sin dar noticias y el símbolo aparecido en televisión hace aproximadamente dos horas que desapareció, dejándome de nuevo con el mensaje anterior.
Por las noches nos apiñamos para dormir juntos. Yo duermo sentada, ya me he acostumbrado a ello. A veces, antes de dormir Pink habla, cuenta historias que no entiendo, pero no importa, me las imagino y son preciosas y con sus manos y una linterna dibuja formas en la pared de enfrente que se mueven y bailan.
Animales que aúllan en la noche, y yo aplaudo como niña, porque es mejor que cualquier película y él sonríe un poco cansado y se duerme en mi regazo.
Si no fuera porque no sé nada de ninguno de mis seres queridos, porque el único alimento que hay es una pobre variedad de comida barata en lata y porque estoy pasando el Apocalipsis en un Starbucks, diría que han sido dos días inolvidables.
Al principio Pink parecía reacio a salir, pero luego comprendió que yo iba en serio y me siguió cargado con algunas cosas.
Nos hemos atrincherado en el piso de arriba de un Starbucks después de encadenar la persiana por si acaso.
La tos que hace unos días me amargaba la vida ya ha desaparecido, auque solo en mi caso, mi amigo sigue con problemas pese a la mascara.
Creo que respiró demasiado, o tal vez es porque es mas niño, o de otra raza.
No lo sé, no soy medico.
Tendríamos que ir a una farmacia pero, joder, las que están abiertas ya han sido desvalijadas y las cerradas son como fortalezas.
Tenemos latas de sopa china al curry como para enterrarnos en ellas, cogidas de un LidL con el que nos cruzamos. Estoy harta de curry. Juro que cuando todo esto pase no volveré a probarlo.
Tenemos una pelotita verde.
Como no podemos hablar, a ratos nos dedicamos a tirárnosla. Al principio íbamos con cuidado, pero ya pasamos de todo y tenemos el Starbucks destrozado.
Hemos roto casi todas las tazas y dos espejos. Menos mal que nadie va a pagarlo.
Al menos el fin del mundo ha servido para que pueda liberar mi furia post adolescente contra uno de los grandes exponentes del capitalismo moderno.
Y si Mcdonalls hubiese tenido wifi también habría caído.
La radio sigue sin dar noticias y el símbolo aparecido en televisión hace aproximadamente dos horas que desapareció, dejándome de nuevo con el mensaje anterior.
Por las noches nos apiñamos para dormir juntos. Yo duermo sentada, ya me he acostumbrado a ello. A veces, antes de dormir Pink habla, cuenta historias que no entiendo, pero no importa, me las imagino y son preciosas y con sus manos y una linterna dibuja formas en la pared de enfrente que se mueven y bailan.
Animales que aúllan en la noche, y yo aplaudo como niña, porque es mejor que cualquier película y él sonríe un poco cansado y se duerme en mi regazo.
Si no fuera porque no sé nada de ninguno de mis seres queridos, porque el único alimento que hay es una pobre variedad de comida barata en lata y porque estoy pasando el Apocalipsis en un Starbucks, diría que han sido dos días inolvidables.
dia 15
sigue aqui Scream Queen
Hemos pasado unos días a base de provisiones, y la verdad, estoy harta de comida enlatada.
Sin novedad hasta hoy.
Pero hoy todo ha cambiado.
Al encender el televisor en una de las habituales rondas que hago para comprobar que todo sigue en su sitio algo había cambiado, por primera vez en dos semanas.
El mensaje de la pantalla ha desaparecido y en su lugar hay un símbolo que se alterna a ratos con una especie de carta de ajuste.
Pink la señala y señala al cielo.
Estoy confusa.
Diría que parece el logotipo de alguna empresa pero es descabellado.
¿Podría ser que alguien se estuviese forrando con el fin del mundo?
Llevo horas dando vueltas.
No entiendo nada, pero la idea de salir de la zona en busca de mas supervivientes cada vez es mas atractiva.
Podría haber mas gente como Pink. Alguien que supiera algo o alguien que le entendiera.
Como mínimo salir me daría una visión más amplia de las cosas.
Mi nuevo amigo me mira desde el sofá. Sabe que tramo algo. No sé si querrá acompañarme.
Prepararé el portátil, y algo de comida para intentar estar cuanto más lejos mejor antes de que oscurezca.
Sin novedad hasta hoy.
Pero hoy todo ha cambiado.
Al encender el televisor en una de las habituales rondas que hago para comprobar que todo sigue en su sitio algo había cambiado, por primera vez en dos semanas.
El mensaje de la pantalla ha desaparecido y en su lugar hay un símbolo que se alterna a ratos con una especie de carta de ajuste.
Pink la señala y señala al cielo.
Estoy confusa.
Diría que parece el logotipo de alguna empresa pero es descabellado.
¿Podría ser que alguien se estuviese forrando con el fin del mundo?
Llevo horas dando vueltas.
No entiendo nada, pero la idea de salir de la zona en busca de mas supervivientes cada vez es mas atractiva.
Podría haber mas gente como Pink. Alguien que supiera algo o alguien que le entendiera.
Como mínimo salir me daría una visión más amplia de las cosas.
Mi nuevo amigo me mira desde el sofá. Sabe que tramo algo. No sé si querrá acompañarme.
Prepararé el portátil, y algo de comida para intentar estar cuanto más lejos mejor antes de que oscurezca.
dia 11
sigue aqui Scream Queen
Ha dormido durante casi 14 horas.
Yo le veía hacerlo; cuando llevas casi diez días sin ver a otro ser humano las pequeñas cosas como la respiración, el movimiento de los ojos tras los párpados, la boca entreabierta o el cabello negro sobre la almohada te parecen fascinantes.
Le he tocado la mejilla un par de veces, para cerciorarme de que realmente estaba allí.
Y es hermoso como un muñeco, aunque bueno, podría ser la criatura más grotesca de la faz de la tierra que yo seguiría viéndole como un ángel caído del cielo.
Estoy feliz.
Al despertarse parecía desorientado y creo que mi actitud impaciente y eufórica no ha ayudado mucho.
Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que no habla castellano.
Apenas conoce algunas palabras en inglés. Dice que se llama Pink, o Bink, no le entiendo muy bien.
Que tiene 16 años y que lleva unos tres meses en Barcelona es todo lo que he podido lograr que me explique con gestos comprensibles.
He hecho referencia a las explosiones por mímica, dibujos y todo lo que se me ha ocurrido calendario en mano y he leído en sus ojos que había visto algo, algo que trataba de explicarme con sus palabras, sus gestos, unas onomatopeyas exageradas que dibujaban grandes desastres en mi mente.
Lo intentó durante horas.
Él salía,
él vio algo
algo hizo bum
y aparecieron aviones.
Lo de los aviones yo ya lo sabía. Era imposible no haberlos oído sobrevolar las casas, tan cerca que parecía que fuesen a caer.
Pero, aún me pregunto ¿qué fue lo que vio?
Me lo dibujaba una y otra vez con las manos, hasta verme negar con la cabeza.
Y ha dejado de intentarlo. Se ha sentado frustrado en el sofá y me ve escribir en silencio.
Desde que llevo mascarilla me siento mejor.
Por casa uso las de papel, porque mantenemos puertas y ventanas cerradas, poniendo trapos en cualquier agujero que vemos por nimio que sea, y en la calle la de los bomberos, a la que he acabado poniendo los filtros de cafetera instantánea, que esos nadie los ha robado del super.
Mi nuevo amigo no quiere salir de casa, ni quiere que yo salga.
Tiene la edad de mi hermano menor y tal vez por eso me inspira ternura. Me llama Mara y sonríe, y asiente como si me entendiera.
Creo que tendría que conseguir un diccionario decente porque (demostrado) no existe ninguno que valga la pena en Internet.
Solo ha servido para frustrarnos más.
Yo le veía hacerlo; cuando llevas casi diez días sin ver a otro ser humano las pequeñas cosas como la respiración, el movimiento de los ojos tras los párpados, la boca entreabierta o el cabello negro sobre la almohada te parecen fascinantes.
Le he tocado la mejilla un par de veces, para cerciorarme de que realmente estaba allí.
Y es hermoso como un muñeco, aunque bueno, podría ser la criatura más grotesca de la faz de la tierra que yo seguiría viéndole como un ángel caído del cielo.
Estoy feliz.
Al despertarse parecía desorientado y creo que mi actitud impaciente y eufórica no ha ayudado mucho.
Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que no habla castellano.
Apenas conoce algunas palabras en inglés. Dice que se llama Pink, o Bink, no le entiendo muy bien.
Que tiene 16 años y que lleva unos tres meses en Barcelona es todo lo que he podido lograr que me explique con gestos comprensibles.
He hecho referencia a las explosiones por mímica, dibujos y todo lo que se me ha ocurrido calendario en mano y he leído en sus ojos que había visto algo, algo que trataba de explicarme con sus palabras, sus gestos, unas onomatopeyas exageradas que dibujaban grandes desastres en mi mente.
Lo intentó durante horas.
Él salía,
él vio algo
algo hizo bum
y aparecieron aviones.
Lo de los aviones yo ya lo sabía. Era imposible no haberlos oído sobrevolar las casas, tan cerca que parecía que fuesen a caer.
Pero, aún me pregunto ¿qué fue lo que vio?
Me lo dibujaba una y otra vez con las manos, hasta verme negar con la cabeza.
Y ha dejado de intentarlo. Se ha sentado frustrado en el sofá y me ve escribir en silencio.
Desde que llevo mascarilla me siento mejor.
Por casa uso las de papel, porque mantenemos puertas y ventanas cerradas, poniendo trapos en cualquier agujero que vemos por nimio que sea, y en la calle la de los bomberos, a la que he acabado poniendo los filtros de cafetera instantánea, que esos nadie los ha robado del super.
Mi nuevo amigo no quiere salir de casa, ni quiere que yo salga.
Tiene la edad de mi hermano menor y tal vez por eso me inspira ternura. Me llama Mara y sonríe, y asiente como si me entendiera.
Creo que tendría que conseguir un diccionario decente porque (demostrado) no existe ninguno que valga la pena en Internet.
Solo ha servido para frustrarnos más.
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